Escritos

Suspiros de lluvia

Mientras yacía en aquel pequeño jardín dando pequeños sorbos a su taza de café, su mirada se perdió en aquel azul gris que parecía anunciar un apocalíptico vendaval; a su memoria llegaron aquellos días cuando era más feliz, con casi nada, con casi nadie, con solo un poco de afecto, con solo un poco de amor, con muy poco.
Días en los que caminaba descalzo por la hierba en aquellos campos, de aquella finca interminable, a varios kilómetros de esa caótica ciudad capital.
Trepando árboles como un niño salvaje con la cara careta, con el cabello tieso de tanto sol, de tanto zumo de las naranjas que se engullía, y por la miel aquellos mangos de rosa que pintaban en su carita de tonos marrones, corriendo sobre aquellos campos polvorientos de tonos verdes y marrones, sedientos por recibir aquellas primeras gotas de gloria, que caen desde este mismo cielo, que hoy le cobijan.
Y es que, no importaba si las espinas de aquellos naranjos le castigaban por cortar sus frutos, él siempre sonreía y sabía que era el precio por tan codiciado privilegio que pocos niños tienen de poder estar lejos de los gritos, de los insultos, de los regaños, de abuso e injusticias y de los recuerdos que cada tanto, llegaban a su memoria haciéndole emanar gotitas salobres, anticipandose al tardío invierno de mayo.

Y es que no importaba si las espinas de aquellos naranjos, le castigaban por cortar sus frutos, él siempre sonreía y sabía que era el precio por tan codiciado privilegio que pocos niños tienen, de poder estar lejos de los gritos, de los insultos, de los regaños, de los abuso e injusticias y de los recuerdos que cada tanto llegaban a su memoria, haciéndole emanar esas gotitas de sal, que llegaban antes de aquel tardío invierno de mayo.

«Ah, él amaba con la intensidad de sus latidos esos inviernos de los que ya no hay.»


Aquellos días de lluvia, donde sus ojos, su mente y su corazón, podían danzar al resonar de la grata sinfonía de los estruendos de ese cielo gris y con el tintineo del llanto de los ángeles, que sútilmente producían bellas notas armónicas al tocar los pétalos de las flores de la agónica primavera y de los nuevos brotes verdes de los árboles, y también, del sonido de los techos de metal de aquella casita, que a lo lejos se observaba en aquella preciosa finca de grandes campos, llena de abundantes y voluminosos árboles de chilamates y ceibónes como escenario, que inspiraban sus anhelos de nefelibata. A lo lejos, se oía el chillido de los cerdos, el maúllo de las vacas y el concierto de los polluelos, frenéticos por buscar refugio para cubrirse de las tempestuosas lluvias en las galerías y corrales, mientras el celador se disponía a poner rancheras, y a preparar en una olla chueca cubierta de contil y sobre un cálido fogón, el más exquisito café que se puede haber probado, o, el tibio con leche y pinol del que muchas veces se sacio; y  mientras la noche caía, el peculiar personaje de manos gigantes, protector de vacas y vos de trueno, relataba historias de las ánimas que merodeaban en la húmeda y densa noche mientras hacía sus rondas nocturnas, en esas casi 12 hectáreas de tierras de espantos y almas perdidas que la guerra dejo bajos sus pastos. Otras veces uno de sus más leales pupilos, un joven de San Juan de Rio Coco, de pelo gracioso, áspero como la tusa y de estatura semejante a la de un hobbit, pero con un sentido del humor invaluable y noble de espiritú, contaba sus chistes dramatizados de personajes pintorescos de su pueblo y otras veces, como es común de la gente de los pueblitos del norte de aquel paisíto, culminaba la velada deleitando a su público, con cantos de música ranchera, las cuales eran sus preferidas, acompañado siempre de las melodías de su curvilínea musa, de cuerdas y madera.

Créanle, cuando les dice que respirar la hierba fresca recién bañada por las nubes, o sentir el aroma de aquella tierra sedienta de agua divina, era uno de los mayores privilegios que un niño moto podía tener en aquellos tiempos.
No cualquier niño abandonado en las calles, excluido, abusado, maltratado o explotado tiene, o tenía en aquellos días, los privilegios que él tuvo; como disfrutar una mandarina directa del árbol bañado por las aguas de los dioses, o trepar los árbol de mangos, de mamones, de aguacates, o de naranjas y coger ilimitadamente todo lo que quería sin pagar un solo Córdoba, de poder disfrutar de un crujiente elote asado en leña recién cortado de la milpa, o de unos tamales recién hechos por las manos de aquellas señoras a las que llamaba cariñosamente “Mamita”, mientras con aquellos ojos brillantes de felicidad en un banquito de madera, se quedaba vislumbrado por aquel imponente fenómeno donde los grises cielos lloraban violentamente, mientras se iluminaban con poderosos destellos de energía y poder, que hacían resonar la tierra tal cual rugido de gigantes dragones furiosos.
Para muchos aquel evento era catástrofe y temor, para ese chavalito era sentir gratitud inmensa en el corazón, porque a pesar de no tener nada, para él, eso lo era todo.

No podría diferir o contrariar la percepción inocente de aquel niño careto, pues bien les digo, que al igual que a él, la lluvia me es causa de una felicidad inconmensurable, y también motivo de un manojo de emociones pasadas y presentes que llegan y pueden que me hagan sentir dichoso, o me hagan sentir el ser más miserable de todos. Es un tipo de magia o energía (llamenle como quieran) que aún no logro descifrar, y no es que me sienta especial, quizás más de alguno de ustedes, se identifique con este vulnerable sentir, o quizás solo le suceda a los corazones fracturados o almas sensibles que sienten los estruendos de los apocalípticos cielos grises, como gritos desesperados de aquellas historias lujúbres, de aquellas noches interminables, presos en cuatro paredes invadidas por la penumbra de aquellas heridas que nos desgarran el alma, y que al tratar de sanar, nos hacer brotar perlas ácidas y salobres, o quizás sólo sea, esa felicidad que no nos cabe en el pecho y que se manifiesta romántica y fatalmente de esa forma inexplicable.

«Sea cual sea la razón, su forma misma es un acto liberador que purifica, que nos hace sentir pequeños y también grandes, pero que sobre todo nos hace recordar que sentimos con la misma intensidad exorbitante, con la que un volcán estremece la tierra.»

Quizás sea esta la razón por la que también, amo la lluvia de esta manera inexplicable; puesto que donde otros ven destrucción, veo vida y esperanza, y así como el llanto purifica el alma y nos da calma después de sentirnos abatidos, sea por felicidad o sea por tristeza, la lluvia es igual, llega y purifica la tierra, los ríos, los lagos, los mares, los bosques, y les da un respiro, más que daño, es la oportunidad un nuevo comienzo y un nuevo pacto entre el hombre, los dioses y la vida en la tierra. Es así, como también el llanto nos da un suspiro para el alma, una oportunidad de hacer las paces con nosotros mismos, y sobre todo una catedra, de que somos más sensibles de lo que podemos sentir.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: